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La ética en la investigación en salud no es un capítulo cerrado del pasado, sino una brújula activa que orienta cada paso que damos al generar conocimiento. Como dietista-nutricionista clínica que se inicia en el ámbito investigador, comprender los fundamentos éticos no solo es una responsabilidad profesional, sino una garantía de que el progreso no se construye a costa de la vulnerabilidad humana.
Todo comienza en 1947, tras el juicio de Núremberg, donde se condenó a médicos nazis por experimentos inhumanos. De ahí surge el Código de Núremberg, que establece diez principios básicos, entre ellos el consentimiento voluntario, la necesidad de evitar sufrimiento innecesario, y la obligación de suspender el estudio si hay riesgo para la vida. Este código marcó un antes y un después, al afirmar que el bien común nunca puede justificar el daño a una persona.
Sin embargo, la historia siguió enseñándonos. En Estados Unidos, el estudio Tuskegee (1932–1972) mantuvo a cientos de hombres afroamericanos con sífilis sin tratamiento, incluso cuando ya existía la penicilina. Este escándalo ético impulsó la creación del Informe Belmont en 1979, que articula tres principios esenciales: respeto por las personas (incluyendo su autonomía), beneficencia (maximizar beneficios y minimizar riesgos) y justicia (equidad en la selección de participantes).
En paralelo, la Asociación Médica Mundial elaboró la Declaración de Helsinki en 1964, un documento vivo que ha sido revisado múltiples veces, la última en octubre de 2024. Esta declaración distingue entre investigación terapéutica (con beneficio directo para el paciente) y no terapéutica, y exige revisión por comités éticos, transparencia en los resultados y especial protección a poblaciones vulnerables. Su evolución demuestra que la ética no es estática: se adapta a nuevos contextos, tecnologías y dilemas.
En Europa, el Convenio de Oviedo (1997) representa el único tratado internacional vinculante sobre derechos humanos en biomedicina. En España, tiene plena aplicación legal. Regula aspectos como el consentimiento informado, la protección de personas con discapacidad, el uso de datos genéticos y la investigación con embriones. Sus artículos más relevantes exigen proporcionalidad entre riesgo y beneficio, y garantizan que nadie pueda ser sometido a investigación sin su consentimiento libre y explícito.
Todos estos documentos comparten una premisa: la investigación en salud debe respetar la dignidad humana por encima de cualquier objetivo científico. Como profesionales, tenemos el deber de conocerlos, aplicarlos y actualizarnos constantemente. Porque investigar con ética no es solo cumplir normas: es cuidar a las personas incluso cuando buscamos curarlas.

